Finalmente, el que nos faltaba

Dicen que las palabras son presa fácil de la cleptomanía aguda del dios Eolo, así que permíteme antes de nada dejarlo escrito. CAMPEONES DEL MUNDO. Ahí está. CAMPEONES DEL MUNDO DE FÚTBOL. Qué bonito. CAMPEONES DEL MUNDO DE FÚTBOL 2010 EN SUDÁFRICA SIN NECESIDAD DE ELIMINAR LOS CUARTOS DE FINAL COMO RONDA OBLIGATORIA. Me dan ganas de llorar.

Exactamente igual que a millones de personas que habitan en esta peculiar comunidad de seres humanos a la que llamamos España, y a quien algún guionista desde Hollywood le ha escrito una de las historias más bellas jamás contada. La explosión de una alegría tan pura como sincera estalló con gran estruendo durante esa mágica noche del 11 de julio. Más allá de cualquier frontera artificial, el sentimiento de felicidad invadió las almas de todo aquel que supo destruir la barrera de lo obvio, siempre tan pesimista, y se dejó contagiar con la sonrisa gratuita que regaló un triunfo tan nuestro como así lo deseemos.

Ha sido la cima de una década irrepetible en el contexto deportivo. Casi irreal. Pasito a pasito, los españoles han sacado la cabeza en los océanos más alejados para conquistar territorios otrora prohibidos. Y lo han hecho a base de combinar habilidad con humildad de manera brillante, en un cóctel con el que da gusto emborracharse de entusiasmo. Esta generación no sólo deja victorias. El monopolio de triunfos está protagonizado por jóvenes muy alejados de la idiosincrasia tradicional española del patriotismo confuso. Ellos han logrado exprimir la única ventaja aprovechable de una bandera o de un himno. La fuerza espiritual que se genera al acercarnos unos a otros. A cualquier escala. Sin perder sus raíces, sin olvidar que, como a todos, aquellos que tenemos más cerca en nuestras vidas son los que más nos importan. Pero sabiendo a la vez que el mundo, lejos de fraccionarse, se ensancha cada día más.

Es una experiencia maravillosa el pasear por tu ciudad una noche de verano, y verte envuelto por el claxon y los gritos de miles de personas celebrando su propia felicidad. El orgullo de sentirte unido al mundo que te rodea, embriagado por el inocente deseo de levantar el puño a cada brazo anónimo que te saluda eufórico desde la ventanilla de su coche. Liberado de la vil manipulación política y absorbiendo el aura de tranquilidad que te ofrece el saberte próximo a tus semejantes. ¡Viva el deporte, carajo! Y sí, ya somos CAMPEONES DEL MUNDO.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en El legado de Olimpia y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s