One country to rule them all

Un anillo para gobernarlos a todos”. Así rezaba la legendaria inscripción de la joya protagonista en los relatos de Tolkien, que de haber nacido en el siglo XXI se hubiera visto obligado a concluir tan contundente frase con un más apropiado “…a todos, ¡coño!”.

La supremacía hispana en el deporte moderno comparte ese halo de epopeya única, de novela fantástica de la que uno disfruta sin complejos aún siendo consciente de su inevitable caducidad. Jamás en la historia un país que no gozara del liderazgo económico o político había conseguido reunir a un elenco de ganadores tan numeroso a la par que variado.

El mes de julio de 2010 ha sido la confirmación irrefutable del monopolio ibérico en este nuevo milenio. Para todos aquellos que seguimos el deporte muy de cerca, es complejo asimilar tal cantidad de triunfos en un espacio tan breve de tiempo. Resulta hasta irreal, como ese sueño provocado en aquellas mañanas donde, a pesar de estar despierto, te resistes a abandonar el confortable abrazo de tu colchón.

Un campeón de Wimbledon, ganadores del mundial de fútbol, quinta victoria consecutiva en el Tour de Francia (clembuteroles fariseos aparte), primer puesto en un GP de F1 y triunfo en motos con tres líderes patrios en las diferentes categorías. Lo leo un par de veces y no puedo evitar esa risa maliciosa del que es consciente de lo que podría calificarse de abuso. Porque si el deporte es una fábrica de alegría, nosotros le hemos lanzado una OPA hostil para quedarnos con todo.

Podría pensarse en algún tipo de alineación planetaria interestelar en este verano de los sofocos, pero más allá del séptimo mes del año se esconde un botín todavía mayor. Tenemos anillos NBA y campeonatos del mundo de baloncesto, balonmano, fútbol sala, hockey, waterpolo y seguramente (dato no contrastado) en petanca árabe y canicas. La ‘Furia Roja’ se extiende más rápido que la crisis mundial y todavía no pisa el freno.

No se trata simplemente de ganar, también importa el dónde y el cómo. Más allá de la bondad de cualquier modalidad deportiva, hay secciones que se han globalizado mucho más rápido que otras. Y parece que sentirte vencedor donde más gente está mirando también incrementa exponencialmente las dosis de placer en el aficionado. La hornada salida de los años 80 ha resistido indemne al maléfico legado de Naranjito para burlarse con desparpajo del pesimismo y el complejo de inferioridad. Ahora, simplemente, podemos.

Las primeras olimpiadas en la Península se han erigido como simbólico punto de inflexión, proporcionando una mejora notable de las instalaciones deportivas. Pero aunque es cierto que los Juegos de Barcelona despertaron el placer por la competición y la victoria, conviene recordar que la mayoría de nuestras estrellas se han labrado una carrera propia a base de esfuerzo personal/familiar y patrocinadores privados. Además, esta ascensión repentina de talentos ha encontrado en la pasión latina su anfitrión ideal. En pocas regiones del planeta se puede pasar de conocer superficialmente a un tal ‘Chumaquer‘ a, en apenas un lustro, discutir sobre la conveniencia del ‘conducto-F‘ o acoger dos grandes premios.

Estamos hablando de especialidades con requisitos tan dispares que es difícil encontrar un nexo común. Esa verdad absoluta que nos haga entender cómo algunos de los más grandes mitos del deporte (véanse Federer, Schumacher, Rossi, Armstrong…) han sido de repente sustituidos por jóvenes de cuna compartida. Seguramente no exista. Y ya puestos, tampoco nos importa demasiado. Esto es algo difícilmente prolongable en el tiempo, un regalo exclusivo para todos aquellos aficionados que lo reutilizaremos, una y otra vez, en forma de ‘batallitas del abuelo’ ante el asombro de futuras generaciones. Una historia digna de ser contada, escrita, editada en DVD con versión extendida, ‘Blu-ray’ e incluso casete de aquellos que se rebobinaban con el lápiz de Staedtler nº 2. Dese prisa Mr. Jackson, recoja bártulos e instale enseguida toda la parafernalia cinematográfica en Albacete. ‘El Hobbit‘ de hoy en día debería adaptarse y empezar con aquello de “en un lugar de la Mancha…”

Siendo objetivos, el deporte es de lo mejor que ha creado el ser humano. Representa nuestra grandeza como especie a la hora de emocionarnos con maravillosos y elaborados juegos artificiales. Un pasatiempo saludable con el que seguir disfrutando de más voleas, mates, regates y adelantamientos. Aparecerán nubarrones en cualquier momento, qué duda cabe. Pero de momento, después de superar temporales huracanados y finalmente con el viento a favor, toca seguir disfrutando. Como diría el bueno de Gandalf, “¡seguid corriendo, insensatos!”.

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