Madrid, enemigo de España

Apenas ha transcurrido una hora desde la sufrida victoria del Barcelona sobre un correoso Copenhague, partido correspondiente a la tercera jornada de la Liga de Campeones. El club catalán sigue falto de ritmo, perezoso. Su estilo de posesiones largas y toque preciso sigue sin alcanzar la eficacia de años anteriores, e incluso parece rebelarse contra aquellos que lo han elevado a la cima futbolística. Y es que en vez de resquebrajar al rival, de agotarle en inocuas persecuciones a una bola que no pueden tocar, son los propios culés los que salen sin aire en las reanudaciones. En realidad, algo comprensiblemente humano.

 Han pasado ya 133 días desde que siete jugadores de la entidad azulgrana saltaron al estadio ‘Soccer City’ de Johannesburgo, con el objetivo de traer para España el primer Mundial de su historia. Lo consiguieron, precisamente unos meses después de coronar al Barcelona como el único equipo capaz de ganar todas las competiciones en un mismo año. Sería ingenuo pensar que estos dos hechos sin precedentes, unidos a la conquista de la Eurocopa, no están estrechamente relacionados.

Han sido tres años sin respiro para la mayoría de estrellas blaugranas, alcanzando final tras final  y agotando sus reservas hasta sus límites naturales. Los daños colaterales, por lo tanto, no podían hacerse esperar. Tras un trienio dorado, en éste inicio de temporada está costando más arrancar la máquina. El Barça está exprimiendo el tercer pulmón de Alves y la genialidad de Messi en espera de una recuperación física de sus jugadores nacionales. Xavi está sin estar, Iniesta se muestra intermitente y sólo Busquets, el gran héroe en la sombra, consigue mantener su nivel habitual.

Incluso la pareja Puyol – Piqué está todavía de pretemporada, con errores de concentración impropios en dos de los mejores centrales de Europa. Este bajón de inicio de año se ha trasladado irremediablemente a la selección española. Los partidos contra Lituania y en Hampden Park han arrastrado al conjunto de Del Bosque las limitaciones físicas que padece el vestuario de Guardiola. Por mucho que oprima en la capital, España sigue moviéndose al son que marca la Masía, y esto genera unas contradicciones actitudinales innecesarias que están amargando la existencia a un sector considerable de aficionados.

El fabuloso partido del Real Madrid frente al Milán ha despertado finalmente el fanatismo blanco más exacerbado. Cuidado, esto pasaría en cualquier orilla, pero la mierda que se vierte al río por ambas partes es denunciable. Villa ya se ha convertido en un esquizofrénico ansioso, Mourinho en la piedra filosofal y parece que Chamartín sería una fiesta si en lugar de algún jugador español (barcelonista) fuera Cristiano el ganador del Balón de Oro. Tengo la suerte de seguir la Segunda División muy de cerca, donde los aficionados se mueven por sus colores, no por los éxitos de sus clubes. Donde el qué importa mucho menos que el cómo. Por eso pido precaución en este contexto revanchista. No intenten asesinar la leyenda de este Barça único. Porque la echarán de menos.

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