Madres del mundo, ¡cuidado con Arsène!

Parece ser que, por segundo año consecutivo, la llegada de Cesc Fábregas al Camp Nou podría sufrir un retraso de fechas. El medio catalán ha vuelto a lesionarse, y en espera de un diagnóstico más específico, la posibilidad de verlo trotar por la hierba del fortín blaugrana se reduce por momentos.

El morbo es evidente. El regreso de Cesc es casi un asunto de estado en Can Barça, y los innumerables intentos por devolverlo a casa han convertido su traspaso en un culebrón de final impredecible. Nunca ha salido tan caro repatriar a un hijo, y la operación ha calado tanto en Inglaterra que se han apresurado a continuar la provechosa dinámica.

Al igual que a Fábregas, el Arsenal de Arsène Wenger se ha llevado a la joven promesa Jon Toral, que después de su formación en La Masía, embarcará rumbo a Londres para unirse al club anglosajón. La  posibilidad de subir al primer equipo en un par de temporadas (y un buen número de ceros a la derecha), han desequilibrado la balanza y provocado un nuevo asalto a la cantera con más renombre de la actualidad.

No gusta, pero así está el mercado. El mosqueo en Barcelona es  notable, pero basta mirar el ombligo propio para reconocer una práctica extendida. Los grandes clubes son expertos en expoliar los jugadores de mayor proyección a los equipos más humildes. A su favor está el entregar una carrera deportiva de prestigio a las estrellas imberbes, además de un buen pellizco a sus entidades de origen si el invento cuaja.

En el caso de Toral o Fran Mérida (otro músico de la misma orquesta), el problema viene en que el club que cede no precisa de pellizco alguno. Sobre todo, cuando sabe que la limosna no le servirá ni para pagarles las botas en caso de recompra en el futuro. Es frustrante criar futbolísticamente a un jugador para que, en el último momento, cualquier francés medio avispado recoja los frutos. Pero tampoco se puede ignorar el riesgo que toma el Arsenal.

Los contratos a los adolescentes ya no son de supervivencia, y nadie les asegura que el costoso experimento vaya a funcionar (de hecho, son ya seis los años sin conseguir título alguno, Cesc incluido). El Barcelona tiene la fortuna de conocer antes y con más exactitud a sus chicos, por lo que cualquier fuga está injustificada si la apuesta por el jugador va en serio. Ello no impide pensar sobre la necesidad de blindar las canteras cuando la formación se ha extendido en el tiempo. Pero mientras el juego mantenga las reglas, o te arriesgas a que te roben tus propias joyas, o haces como ‘Flo’ y te las compras pulidas. Cantera o cartera. Y visto lo visto, la respuesta parece sencilla.

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