ESPECIAL ‘CLÁSICOS’ 2011: Mou rey, Barça emperador

El triunfo blanco en Copa da un respiro a Florentino. Casi dos décadas después, Guardiola repite final en Wembley

Sistemas destructivos, sensacionalismo exacerbado, agresividad física y verbal… Toda una retahíla de incompetencias que han transformado el sueño de cuatro derbis consecutivos en una frustrante ‘marcha atrás’ donde el fútbol español ha sido el más perjudicado.

Nos frotábamos las manos. Una vez concluyeron los cuartos de final de la Champions, la posibilidad histórica de vivir cuatro Barcelona – Real Madrid en apenas 18 días se hacía realidad para gozo infinito de prensa y aficionados. Era una oportunidad única para demostrar al mundo la supremacía incontestable del fútbol patrio, apenas unos meses después de hacernos con el Mundial en Sudáfrica.

Por si fuera poco, el duelo llegaba en un momento inmejorable. Un Barça de leyenda frente al flamante proyecto de Florentino, donde José Mourinho aparecía como el antídoto definitivo contra el derroche de calidad blaugrana. Cuatro derbis. Uno detrás de otro. Con los dos mejores equipos del planeta. En las mejores competiciones del globo. Con estos ingredientes de alta cocina, ¿cómo ha podido quedarnos un menú tan deprimente?

CAPÍTULO 1Mourinho saca a Pepe de la jaula (V)                La inesperada derrota del Madrid frente al Sporting de Preciado dejó el primer partido como sala de pruebas para ambos equipos. Con ocho puntos de diferencia, el campeonato liguero (ese al que Guardiola insiste una y otra vez en calificar como el más importante), parecía totalmente decantado.

Después del espectacular juego exhibido en el Sardinero a comienzos de marzo, una brizna de ilusión brotó en el madridismo más auténtico. ¿Se podía ganar al Barça jugando como el Madrid de toda la vida? ¿Podía la sublime dirección de Özil dirigir la nave merengue sin necesidad de echar el ancla? El partido en San Mamés, previo al primer Clásico, terminó con cualquier ingenua esperanza. El arma secreta de Mou no era de fabricación alemana. Como no podía ser de otra forma, José prefería a Pepe.

Fue un encuentro profético. El Barça, como a lo largo de toda la serie, marcaría unos registros de posesión cercanos al 80%, mientras el Real Madrid empuñaba la espada al contragolpe. El regreso de Carles Puyol (tras su larga lesión) fue la gran noticia de la noche, aunque el capitán azulgrana no podría terminar el encuentro tras sentir nuevas molestias en el segundo tiempo. Empate a uno desde el punto de penalti. Messi y CR7 se quitaban sus respectivos gafes. La ‘Pulga’ marcó a un equipo de Mou y Cristiano batió finalmente a Víctor Valdés.

CAPÍTULO 2  – El Madrid termina con su sequía (V)Ambiente espectacular en Mestalla para una final que devolvía la Copa al lugar que merece. Más allá de politiqueos deplorables (sobre los cuales no merece la pena volver a detenerse), la tensión se palpaba en ambas escuadras desde la salida de vestuarios. Daba la impresión de que allí se jugaba algo más que un partido. Se convirtió en un ser o no ser, como si ese tan hablado cambio de ciclo pudiera materializarse en la ciudad del Turia.

Misil para romper la racha blaugrana

Un gol de Cristiano Ronaldo en la prórroga, en el enésimo contragolpe del partido, certificó el retorno merengue a los altares del triunfo. El trivote madridista secó la dirección culé, y con la zaga catalana diez metros hacia delante, CR7 y Di María demostraron que a velocidad, el Barcelona no tenía posibilidad alguna. Merecido campeón tras un torneo del KO brillantísimo.

Esta victoria hizo olvidar el sistema anti-juego de Mourinho. Los pocos infieles que se atrevieron a discutir el ‘Régimen de Setúbal’ se unieron rápidamente a la causa. Guardiola caía por primera vez en una final a manos de un técnico que añadía un cuarto país a su palmarés copero. Por primera vez, tras dos amargas temporadas, el Real Madrid se volvía a sentir favorito.

 CAPÍTULO 3 Messi provoca la esquizofrenia colectiva (V) Comenzaba a hacerse pesado. Tanta palabrería a bajo coste, tres goles aislados, todo nervios y cero espectáculo. La repetición, lejos de expandir la diversión, parecía comprimirla drásticamente. La victoria blanca en Copa dio unas horas de tregua para hablar de fútbol. No duraría. La tensión, lejos de amedrentarse, continuaba infestando el ambiente. Pep reventó y pasó al ataque. “Mourinho es el puto amo en esta sala (de prensa). José, nos vemos en el campo”. Fue el inesperado grito de guerra para conquistar el Bernabéu.

Tomémoslo con huMOUr…

Si había funcionado antes, ¿por qué cambiarlo ahora? El Madrid salió con la idea de conseguir un empate a cero que, según las teorías de amarre portuguesas, era un resultado más que decente para la vuelta. Inaudito en el Bernabéu. Fue como tragarse la carta de ajuste durante una hora seguida. Un esperpento imperdonable que empequeñecía a los blancos y frustraba a los azulgranas.

Pero lo inevitable terminó por aparecer. Pepe le enseña amablemente su plancha a Dani Alves y Stark derrumba el castillo de naipes local. Después de ahogarse en el vertedero, el Barcelona sentía aire fresco en sus pulmones. Podía esperarse que la pérdida de un central/medio afectara al Real Madrid, pero el desconcierto blanco con diez jugadores fue escandaloso. Dos joyas de Messi (con la colaboración inesperada de Ibrahim Afellay), parecían sentenciar la eliminatoria.

CAPÍTULO 4 “El partido queda en un segundo plano” (V)Son palabras de Aitor Karanka en la rueda de prensa previa al desenlace de la eliminatoria. Lo vivido entre el pitido final de Stark y el inicial de De Bleeckere ha sido con seguridad el mayor compendio de despropósitos que ha salido de Chamartín en toda su historia. Al ritmo de infinitos “¿Por qué?“, Mourinho cruzó la frontera de su egocentrismo insaciable para arremeter contra el Barcelona, la UEFA, Villar, los árbitros e incluso UNICEF (¿¿¡¡!!??). Y tan a gusto.

Qué magnífico estratega es y en cambio qué triste ejemplo nos regala continuamente. Era consciente de donde se movía. Había planchado las arrugas con el triunfo de Copa, y nadie (aficionados-prensa-jugadores) pudo escapar de lo que ya es un capítulo gris de nuestro deporte.

Los medios se encargaron de encontrar relaciones triviales para todas sus quejas (que dábamos ingenuamente por agotadas), y los dos clubes más importantes del fútbol español se repartieron denuncias mutuas ante el organismo que maneja el cotarro. Se estaba haciendo todo demasiado largo.

El partido de vuelta ha sido seguramente el choque más atractivo de todos. Agresivo, pero noble. Ni Busquets sufrió ataques narcolépticos repentinos, ni Pepe… bueno, simplemente, no estaba. La lluvia pareció querer enfriar los ánimos, pero una nube negra permanecía sobre los jugadores. Jamás se ha visto un Casillas tan atolondrado, con gesto tan serio, con tanto veneno en la mirada. Seguro que no dura, pero pone los pelos de punta.

Mourinho consiguió que, a base de repetir sus verdades, la gente las hiciera propias. Cada falta se convertía en un juicio rápido. Se construían conspiraciones judeo-masónicas para explicar los problemas del estamento arbitral, cuando todo es mucho más simple. El colegiado belga anuló un gol legal a Higuaín (al no entender falta de Piqué sobre Cristiano), y ello terminó por aderezar con más estilo las declaraciones finales a esta serie lamentable de Clásicos. “El año que viene que le den la Copa directamente“, “¡Otra más!“, “Todo el mundo ha visto lo que ha pasado”… El recurso del pataleo que tanto afea una derrota. Solo el retorno milagroso de Abidal consiguió dar brillo a dieciocho días de tinieblas. Y todavía quedaban tres.

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