Depresión post-vacacional. Gracias por nada Mourinho.

Del Pito Vilanova al Mou, eres nuestro rey

Comenzaban a brotar camisetas verdiblancas por todas partes. Era domingo. De aquellos de fútbol. Un ¡viva er Beti! a tiempo acabaría por meterme en el sueño. Pero no llegó. Por las calles austríacas solo pululaban aficionados del Rapid, luciendo con pasión la bufanda de su equipo bajo un infierno húmedo de cuarenta grados. Fue la última vez que sentí al deporte rey en el mes de agosto.

Volver a casa fue ratificar que la pesadilla vivida la temporada pasada no era más que un primer capítulo. Qué clima de tensión más artificial, estúpido, innecesario, cobarde. La grandiosa lucha deportiva vivida en la Supercopa (seguramente la mejor edición de la historia en lo que a juego se refiere) ha quedado aniquilada bajo el ceño fruncido de un enanito malhumorado que promete meter el dedo en el ojo del fútbol nacional.

No hay héroes ni malvados. Pensar en una historia de dos bandos es infantil. Es Mou y el Barça. Es Mou y el Madrid. Es Mou y el resto. ¿Es tan complicado de ver? La atracción déspota que siempre ha funcionado tan bien con las grandes masas. El cambio que ha sufrido Chamartín es tan obsceno que duele en el alma de cualquier amante del deporte. Queremos un Madrid ganador, porque el Barça actual demanda un rival enorme para evitar el sopor en el campeonato nacional. Pero a este precio más nos vale una huelga de treinta y ocho jornadas.

El Bernabéu ha interpretado el gran malestar general como un ataque a la institución. Se perdona todo. La educación ha pasado a tacharse de hipocresía, como aquel alumno holgazán que prefiere ver un chapón en el buen estudiante (el que esté libre de pecado…). Florentino ha desaparecido, ha cambiado a Del Bosque, Raúl y Valdano por un ente egocéntrico que goza sembrando polémica. Tenemos los dos mejores clubes del planeta. Unidos nos proporcionan además una Selección campeona de todo. Me da miedo el camino que se ha tomado. Y mucha pena. Se acabaron las vacaciones.

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