Cleptómanos de alegría

No deje que nos contaminen el deporte (AGENCIAS)Es una sensación a medio camino entre la vergüenza ajena profesional y el miedo a una manipulación viral de engranaje bochornosamente simplón. Las redacciones deportivas con más tirada se han mudado definitivamente al bar de la esquina, convirtiendo su complejo de inferioridad en dogma vomitivo con el que infectar a sus lectores.

El primero en lanzar los dados fue un decepcionante Alfredo Relaño (posiblemente contagiado con la mala bilis de su payaso jefe), y aunque no ha cesado en el intento de separarse del monstruo, la criatura se le ha ido pronto de las manos. Aprovechando el Madrid todoterreno del campeonato liguero, se ha extendido como una bala por el puente aéreo hacia el Mediterráneo, amenazando el récord Guinness a la bola de mierda más grande del siglo. Estamos seguramente en el apogeo de la rivalidad deportiva más grande de este país, y el periodismo deportivo, lejos de honrar la fortuna de alojar semejante duelo, se ha convertido en un prostíbulo maloliente plagado de reflexiones infantiles originadas, exclusivamente, a partir de un odio enfermizo y peligroso.

Al igual que no se han molestado en  aprovechar la década dorada del deporte español para repartir protagonismos, tampoco quieren aceptar la responsabilidad de educar a una afición a la que desean ver más cuadrada, más fanática, más lejos de la auténtica esencia del deporte. Más como ellos. Les da igual todo. Y todo les es permitido. El carácter prepotente y paleto que tanto atrae a las masas y aniquila cualquier atisbo de diversión.

Tenemos en casa el trozo de pastel que mejor sabe, y lo que menos desprenden los encargados de acercar los éxitos al público es alegría, júbilo, pasión por la competición. Todo son ladridos, malas caras, acusaciones sin límite y sin pruebas. Como bebés desdentados, maman de la teta caduca del reproche barato. Su victoria se basa en la derrota del contrario. Así sobreviven, impasibles ante una generación de campeones que les demuestra todos los días haber superado esa España de envidiosos compulsivos.

Han confirmado que a pesar de esta ducha de gloria y triunfos, siguen embadurnados con la mugre de una época pasada. Los medios, al igual que han hecho nuestros deportistas, deben adaptarse también al cambio de era. Con más bolígrafos en mano, pero las mismas pelotas que ellos le han puesto. Solo así podremos recuperar las miles de sonrisas que nos están robando.

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